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La ‘economía Epstein’: un espejo del colapso de Occidente entre especulación financiera, redes de abuso y control cultural

 




El “escándalo Epstein” no es un crimen aislado, sino la manifestación extrema de una lógica histórica que ha corroído Occidente: bajo el “derecho a la búsqueda de la felicidad” se consolidó un sistema que confunde libertad con depredación, deseo con poder y éxito con impunidad. La “economía Epstein” expresa coherentemente una estructura basada en la maximización del placer, la ganancia ficticia y la desconexión entre finanzas y economía real. Comprenderla implica mirar el espejo más oscuro de Occidente, donde el abuso se convierte en ritual y la especulación sustituye al bien común.

Por José Luis Preciado

Imaginemos a Estados Unidos en una noche cualquiera de consagración mediática: 128 millones de personas pegadas durante horas al Super Bowl, un espectáculo que no es solo deporte, sino una maquinaria de fantasía, apuestas y consumo que mueve 209 mil millones de dólares. En paralelo, la pornografía alcanza a cerca del 60% de la población adulta, mientras el narcotráfico genera en torno a un billón de dólares anuales. Esta combinación no es anecdótica ni marginal: constituye el terreno de cultivo de una cultura donde el placer individual se impone sistemáticamente sobre cualquier noción de bien común, responsabilidad colectiva o límite moral.

Dennis Small (1) señala que este panorama no debe entenderse como una suma de excesos aislados, sino como una estructura cultural coherente, en la que el hedonismo opera como principio rector. En este marco, la población ha naturalizado la impunidad y la distracción como formas normales de vida social. La sociedad mira hacia otro lado frente a Epstein no por ignorancia, sino porque la perversión ya está integrada en la cotidianidad: juegos de azar, consumo sexual y adicción química conforman la base de un control social sutil, donde la responsabilidad colectiva se disuelve en el entretenimiento y la obsesión individual por el placer. Thomas Hobbes lo había formulado con brutal claridad en Leviatán (1651): la guerra de todos contra todos, el deseo insaciable de poder tras poder, y la necesidad de un Leviatán que no eduque ni moralice, sino que administre los apetitos humanos. No es casual que esa descripción filosófica parezca hoy el credo implícito de Jeffrey Epstein y de buena parte del establishment transatlántico que aparece en millones de páginas de los archivos parciales y curados recientemente desclasificados (apenas un tercio del expediente).

La decadencia cultural tiene su correlato directo en la economía política contemporánea. Bernard de Mandeville, en La fábula de las abejas, defendía que los vicios privados generan riqueza pública; Adam Smith tradujo esa lógica en la noción de la “mano invisible”, según la cual los pecados individuales se transforman, casi mágicamente, en beneficios generales. El resultado histórico de esa filosofía es el sistema financiero occidental actual: una burbuja especulativa de aproximadamente 2,4 cuatrillones de dólares en instrumentos financieros impagables, con bonos del Tesoro absorbidos en un 27 % por fondos especulativos y un déficit federal estadounidense cercano a los 39 billones. A ello se suma una burbuja de criptomonedas que alcanzó los 4,35 billones de dólares de capitalización global tras el anuncio de Donald Trump de convertir a EE.UU. en la “capital cripto del mundo”, y que posteriormente colapsó, evaporando más de dos billones de dólares en riqueza ficticia.

Los aranceles estadounidenses apenas generan unos 250 mil millones de dólares anuales y son pagados en un 96% por los consumidores. La producción manufacturera se contrae, mientras la inversión se concentra en deuda y armamento. El gasto militar ronda ya el billón de dólares al año, con planes explícitos de incrementarlo hasta 1,5 billones, en un retorno al modelo económico schachtiano aplicado en la Alemania nazi bajo Hjalmar Schacht: militarización masiva, endeudamiento y saqueo externo para sostener una burbuja especulativa moribunda. Con la erosión de acuerdos como el New START y la expansión de proyectos como el “Golden Dome”, el peligro de una escalada hacia una guerra termonuclear deja de ser una hipótesis teórica para convertirse en una amenaza concreta.

Es en este ecosistema —hedonismo cultural, especulación financiera y militarización— donde la figura de Jeffrey Epstein deja de parecer una anomalía. Gleb Smith (2) ofrece aquí una clave central: Epstein no fue simplemente un proxeneta de lujo, sino un mediador de sentido dentro de las élites de Occidente. La sexualidad que organizaba no se reducía al comercio de cuerpos; funcionaba como ritual, filosofía y arte subversivo. Las fotografías y los videos no eran descuidos ni pruebas accidentales, sino símbolos de acceso a un plano de poder donde la transgresión opera como elevación y el tabú como iniciación. En ese universo, la élite se percibe a sí misma más allá de la moral común, en una convergencia entre ascetismo y lujuria que remite al corpus literario y filosófico de Jorge Luis Borges y Georges Bataille.

Desde esta lógica, la impunidad adquiere otro significado: dejar huellas no es un error, sino un acto ritual de testimonio y pertenencia. Epstein encarna así la figura del profeta deformado, el mediador entre la estructura del poder y quienes participan en ella, enseñando que el privilegio absoluto solo se confirma mediante la transgresión visible y reconocida.

Víktor Aksiúchits (3) permite ampliar la escala temporal del análisis. La red de Epstein no surge de la nada, sino que es producto de siglos de historia europea. La pérdida progresiva de raíces cristianas, el predominio del racionalismo instrumental y del pensamiento naturalista erosionaron la ética pública. La instrumentalización religiosa —desde el Papado hasta la ética protestante— legitimó jerarquías opacas y formas de sumisión estructural. En paralelo, ciertas lecturas histórico-políticas del judaísmo, centradas en la idea de grupo elegido y en interpretaciones literales del Antiguo Testamento, reforzaron la noción de un poder moralmente separado del resto de la sociedad. Este marco cultural creó un terreno donde la explotación de menores y la corrupción sistemática no solo eran posibles, sino funcionales a la cohesión de las élites. Casos contemporáneos como el del ex diplomático mexicano de origen judío, Andrés Roemer, refugiado en Israel y acusado por más de 60 mujeres de hostigamiento, acoso y, en algunos casos, abuso sexual, también aparece en los archivos de Epstein, confirmando que estas dinámicas históricas y culturales se manifiestan en la práctica y siguen activas.

Asimismo, los Archivos Epstein colocan a la aristocracia británica bajo una presión sin precedentes. Buckingham Palace ha intentado centrar la atención pública en figuras como el príncipe Andrew, desviando el foco de redes más amplias que integran finanzas, política e inteligencia, como los Rothschild,el barón Peter Mandelson, el Barón Bentinck, Lord & Lady Beaumont, Lord Weidenfeld, Lord & Lady Gillford y Lord & Lady Hanson. Los documentos muestran que Epstein fue un agente del Mossad y del MI6 de larga trayectoria y que mantuvo una relación estrecha y estratégica con la familia Rothschild, en particular con Ariane de Rothschild (4), CEO del Edmond de Rothschild Bank en la Ginebra templariaA través de esta relación se canalizaron fondos hacia la industria de ciberarmas de Israel y se obtuvieron beneficios del golpe de Estado respaldado por Occidente en Ucrania en 2014. Posteriormente, el banco Edmond de Rothschild pasó a controlar los activos del primer presidente post-golpe, Pyotr Poroshenko, así como parte del sector energético ucraniano mediante un intercambio deuda/acciones.


Los archivos revelan además un entramado de vínculos personales y familiares: Epstein intervino en disputas internas de los Rothschild, incluida la del barón David René James de Rothschild con Ariane de Rothschild sobre el uso del nombre familiar en negocios, y mantuvo intercambios sobre teorías históricas controvertidas, como la supuesta filiación de Adolf Hitler con la familia Rothschild, su posible estancia en un refugio financiado por ellos y su paso por el Instituto Tavistock. Estos documentos subrayan la profundidad y complejidad de una relación que mezcla negocios, intrigas familiares y mitologías de poder.

Dean Henderson advierte que la estrategia de la Corona británica apunta a proteger la institución antes que a esclarecer responsabilidades, mientras voces como la del congresista estadounidense Ro Khanna exigen ir más allá del simbolismo y examinar el conocimiento efectivo del rey Carlos III sobre los vínculos de su hermano con Epstein.

Harley Schlanger (5) sitúa este proceso dentro del colapso más amplio del imperio liberal británico: la caída de figuras como Morgan McSweeney, operador clave del barón Lord Mandelson y del aparato laborista, revela la descomposición de un sistema imperial de 150 a 200 años que ha operado mediante redes secretas, manipulación mediática y control financiero. La publicación de los archivos amenaza incluso la estabilidad del gobierno del fabiano Sir Keir Starmer, como lo demuestra la presión de los mercados de bonos y las dimisiones en su entorno inmediato.

El escándalo Epstein, sin embargo, no se limita al Reino Unido. La presencia de miembros de la aristocracia europea en el Little Black Book no debe leerse como una simple acumulación de nombres ni como una imputación automática de delitos individuales, sino como el rastro documental de un ecosistema social cerrado, transnacional y jerárquico. En él, Epstein operó como mediador entre capital financiero, poder político, sexualidad instrumentalizada y linajes históricos. La aristocracia, lejos de ser un residuo decorativo del Antiguo Régimen, sigue cumpliendo una función estructural: aportar legitimidad simbólica, continuidad histórica y acceso a redes sociales de altísimo nivel, hoy plenamente integradas en el capitalismo financiero global.

Figuras como Rufus Keppel, décimo conde de Albemarle, o Charles Spencer, noveno conde Spencer, encarnan esa intersección entre aristocracia tradicional, monarquía mediática y capital simbólico global. Apellidos como Bentinck, de Broglie, von Bismarck, Pritzker, Rockefeller y los Astor; específicamente William Waldorf Astor III, remiten a linajes que han atravesado imperios y guerras, adaptándose sin dificultad al nuevo orden financiero. En el ámbito de la aristocracia europea figuran también Marie Hapsburg, la Condesa Vanessa von Bismarck, el Príncipe Pierre d’Arenberg, la Princesa Firyal, la Princesa Olga de Grecia, el Príncipe Michel de Yugoslavia, el Príncipe Serge de Yugoslavia, el Duque de York, el Duque y la Duquesa Rutland, y Francesca Von Habsburg. Su presencia como contactos de Epstein responde a la lógica de una sociabilidad elitista donde el apellido sigue siendo una moneda de acceso.

Jeffrey Epstein mantuvo relaciones sociales con Jemima Goldsmith (posteriormente Jemima Khan), y diversas fuentes sostienen que Jimmy (Sir James) Goldsmith, patriarca de la familia Goldsmith, mantuvo una conexión muy estrecha con Epstein e incluso habría sido esencial en su lanzamiento; la familia, originaria de Núremberg y posteriormente establecida en Frankfurt bajo el apellido Goldschmidt, prosperó como dinastía bancaria europea y con el tiempo se entrelazó con los Rothschild, los Bischoffsheim de Maguncia y la familia Bartolome de Mónaco, integrándose en un denso entramado financiero transnacional; de hecho, los Bischoffsheim y los Goldschmidt dirigieron conjuntamente el banco Bischoffsheim, Goldschmidt & Company, que en 1863 se incorporó a la entidad precursora de BNP Paribas; en el plano contemporáneo, la familia Goldsmith habría mantenido una relación de larga data con Epstein y también con su hermano Mark Epstein, mientras que Sir James Goldsmith —influyente magnate corporativo con amplias redes internacionales— sostuvo vínculos empresariales con Robert Maxwell, padre de la novia de Epstein, Ghislaine Maxwell, lo que sitúa estas conexiones dentro de un ecosistema previo de élites financieras, mediáticas y políticas transatlánticas; además, ambos hermanos de Jemima estuvieron casados con integrantes de la familia Rothschild —Ben Goldsmith con Kate Rothschild (rama británica) y Zac Goldsmith con Alice Rothschild (rama francesa)— reforzando la integración de los Goldsmith en el círculo ampliado de las grandes dinastías bancarias europeas.

Italia ocupa un lugar particularmente significativo en esta red. En el archivo EFTA01617541 aparece el nominativo “Príncipe Borghese” (6), probablemente un miembro contemporáneo de la histórica familia Borghese, de la Nobleza Negra veneciana, no como contacto periférico, sino como operador central. Propietario de una villa de lujo cerca de Florencia, organizador de fiestas privadas con jóvenes internacionales y coordinador logístico mediante choferes y residencias exclusivas, los propios registros lo describen como quien “dirigía la operativa” (run the show), y como un “coleccionista de vaginas” (pussy collector), expresión que revela una lógica de acumulación sexual paralela a la patrimonial. Junto a él figuran nombres como Marina Cicogna, Gianfranco Cicogna Mozzoni (conde y embajador de la Orden de Malta en Kenia), familias aristocráticas como Brachetti Peretti (propietarios de la petrolera API), los Brandolini, los d’Adda Brandolini, y otras vinculadas al arte, la banca y la energía.

España no es ajena a este entramado. Los hermanos Joaquín y Fernando Fernández de Arión, descendientes de la nobleza titulada española, vinculados por sangre a la familia Hohenlohe-Langenburg y por matrimonio a dinastías industriales como los Swarovski, aparecen en la agenda de Epstein y, en los archivos, asociados a Arion Holding Limited, una entidad offshore registrada en Bermudas en 2013 y vinculada al Arion Group según los Paradise Papers. Estas filtraciones revelaron el uso sistemático de estructuras opacas por parte de las élites para la gestión patrimonial. La misma compañía figura en documentos de los archivos Epstein relacionados con la negociación de un Boeing BBJ y procesos de world check (7), evidenciando su inserción en circuitos de altísimo poder económico y logístico.

Así, el Little Black Book debe entenderse como un mapa social del poder transnacional a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Epstein fue menos una anomalía que un síntoma: el operador capaz de conectar viejos títulos nobiliarios con nuevas fortunas financieras. La llamada “epsteinización” —visible también en figuras políticas como Howard Lutnick o Jack Lang— muestra la continuidad de estas redes en la política, la cultura y la economía global.

Frente a este paradigma hobbesiano de perder-perder, en el que la economía se reduce a la competencia depredadora y al apetito privado sin límite, los BRICS y el Sur Global emergen como un contrapeso civilizatorio que recupera una lógica más cercana a la tradición leibniziana de la felicidad como bien compartido y progreso común, advierte Dennis Small. Mientras el pensamiento de Hobbes —base filosófica del liberalismo anglosajón— concibe al ser humano como un animal dominado por un deseo perpetuo de poder, placer y acumulación que solo cesa con la muerte, Gottfried Wilhelm Leibniz formuló una concepción radicalmente distinta del orden social y económico. En su ensayo Felicity (1694), Leibniz define la felicidad no como satisfacción individual aislada, sino como el resultado de una armonía racional en la que el bien propio se incrementa al promover el bien de los demás. La justicia, para Leibniz, es “caridad conforme a la sabiduría”: una disposición activa a procurar el bien común, entendiendo que la virtud produce su propia recompensa y que el orden social más estable es aquel en el que el deber y la felicidad coinciden.

Esta visión leibniziana, que influyó decisivamente en la fundación del Sistema Estadounidense de economía política y en la noción constitucional del “derecho a la búsqueda de la felicidad”, se opone frontalmente a la economía especulativa contemporánea descrita por Small como “economía Epstein”: un sistema basado en la maximización del placer, la ganancia ficticia y la desconexión absoluta entre finanzas y economía real. La crisis estructural del orden financiero transatlántico —con su hipertrofia especulativa, burbujas criptográficas y saqueo del Sur Global— es la consecuencia lógica de haber institucionalizado el modelo hobbesiano como norma universal. En contraste, la emergencia de iniciativas como los BRICS o la Nueva Ruta de la Seda retoma, aunque de forma pragmática y no filosófica explícita, esa intuición leibniziana según la cual el desarrollo productivo, la infraestructura y la cooperación soberana generan beneficios recíprocos y estabilidad sistémica. No se trata de altruismo moral, sino de una concepción superior de racionalidad histórica: una en la que el progreso de uno no exige la destrucción del otro, y en la que la felicidad colectiva no es una ilusión retórica, sino un principio organizador del orden económico internacional.

Jeffrey Epstein no fue un accidente moral ni una rareza histórica. Fue el espejo de una decadencia sistémica donde perversión ritual, especulación financiera y concentración de poder se refuerzan mutuamente. Su exposición ofrece una oportunidad histórica: reconocer la naturaleza del sistema y abrir la puerta a una alternativa civilizatoria basada en ética, cooperación y bienestar común. La pregunta permanece abierta: ¿aprenderemos de ese espejo o seguiremos habitando un reflejo distorsionado que perpetúa decadencia y conflicto?

Notas a pie de página

1. Dennis Small, en Executive Intelligence Review: Epstein: perversión y la quiebra del sistema financiero occidental. 9 de febrero de 2026. Ver también: Epstein Economics and the Danger of Thermonuclear War. 7 de febrero de 2026.
2. Gleb Smith: El caso Epstein como metafísica. 6 de febrero de 2026.
3. Аксючиц, Виктор. Европейское грехопадение.
4. Dean Henderson: Epstein Files Put UK Monarchy Under Scrutiny. 10 de febrero de 2026. Ver también: Epstein & the Rothschilds. 6 de febrero de 2026.
5. Harley Schlanger, en The LaRouche Organization: Epstein Scandal Rocks Starmer Government. 9 de febrero de 2026. Ver también: Epstein Files Threaten Starmer Regime, en EIR, 9 de febrero de 2026.
6. Archivos de Jeffrey Epstein, documento EFTA01617549, filtrado en la colección de documentos legales y correos electrónicos de la red Epstein, 2004.
7. Op. Cit.: EFTA00691310–EFTA00691312; EFTA_R1_00005780–EFTA_R1_00005782.

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